En el lugar donde se halla Berlín estaba, en 1237, un asentamiento llamado Cölln cerca del río Spree. En 1432 Berlín y Cölln se unieron y en 1440, el príncipe elector, Friedrich II de Brandeburgo, estableció la dinastía de Hohenzollern, que duraría hasta 1918. En 1470, trasladó su residencia de Brandeburgo a Berlín, con lo que la ciudad ganó en importancia.
Durante la Guerra de los Treinta Años, la población de Berlín fue diezmada, pero la ciudad se hizo más fuerte que antes bajo el reinado de Friedrich Wilhelm a mediados del siglo XVII. Su hijo, Friedrich I, fue el primer rey de Prusia y durante su reinado Berlín se convirtió en la capital. La cuñada de Friedrich I, Sophie Charlotte, tuvo un papel importante en el desarrollo cultural de la ciudad ya que apoyaba las artes y las ciencias y presidía los círculos intelectuales de la capital. Mientras, su marido, Friedrich II, famoso por su pronunciado sentido común en política y cuestiones militares, se dedicaba a dejar huella construyendo la ciudad. Berlín en esa época se ganó el apodo de Spreeathen, la Atenas del río Spree.
El siglo XIX empezó con la ocupación francesa (1806-1813) y las guerras napoleónicas. Los ideales de la Ilustración no se vieron realizados ya que la Revolución de 1846 fue ahogada. Sin embargo, la Revolución Industrial seguía su rumbo y desde 1850 hasta 1870 el número de habitantes de Berlín había aumentado el doble. En 1900, después de que Bismarck uniera Alemania bajo el Kaiser Wilhelm I, Berlín contaba con casi dos millones de habitantes.
Berlín ya está acostumbrada a los grandes cambios, algo aún más sorprendente si tenemos en cuenta que, comparada con otras ciudades europeas, es relativamente joven, con apenas nueve siglos de historia. En 1871, el canciller Bismarck la convirtió en capital del recién nacido o renacido Imperio Alemán, a pesar de ser más un pueblo que una ciudad. Tuvieron que pasar 50 años para que uniéndose a otras siete villas, y casi 60 pequeños municipios, empezara a formarse una moderna metrópoli. Corrían los locos años 20 que tanta fama le dieron en el mundo entero gracias a sus arquitectos, científicos, pintores y escritores.
Antes de la I Guerra Mundial, Berlín se había convertido en un gigante industrial pero los acontecimientos que siguieron frenaron el desarrollo. El 9 de noviembre de 1918, Philipp Sheidemann, líder de los Socialdemócratas, proclamó la Republica desde el balcón de Reichstag y horas más tarde Karl Lieknecht proclamó la República Socialista libre desde el balcón del Palacio de la ciudad.
Los años 20 fueron los años gloriosos. El Berlín de esa época es una de las ciudades más modernas del mundo. La vida cultural era envidiable; se editaban 149 periódicos, se estrenaba la radio alemana, se rodaban películas y los mejores arquitectos, científicos, pintores y escritores vivían aquí. Berlín era una fiesta que encontró su trágico fin en la llegada de Hitler.
A pesar de que la odiaba y despreciaba, Hitler hizo de Berlín su cuartel general lo que hizo que fuera casi completamente destruida por los bombardeos de los aliados desde noviembre de 1943 hasta marzo de 1944. Los soviéticos entraron en la ciudad después de la Batalla de Berlín. El mismo canciller había decidido cambiarla y por ello llamó al arquitecto Albert Speer, para que la convirtiera en capital del mundo. De ese tiempo han quedado algunas construcciones como el Aeropuerto de Tempelhof, el Estadio Olímpico del 36, o la sede de la radio del Tercer Reich.
Después de la guerra, de la derrota y de su ruina total llegó la división en cuatro sectores y la construcción de 155 kilómetros de muro que fueron su vergüenza durante 28 años. Entonces surgió otro Berlín, La Isla, ese trocito de Alemania occidental rodeado de Alemania oriental, la ciudad de los rebeldes, de los alternativos, de los soñadores, de los refugiados políticos, de los okupas del barrio de Kreuzberg. La ciudad de la protesta era al mismo tiempo una ciudad mimada, a sus habitantes no podía faltarles de nada pues salir a buscarlo significaba recorrer, como mínimo, 300 kilómetros antes de llegar al resto de su país. De alguna manera se convirtió en la capital secreta de la cultura y la utopía. Su arteria principal, la Kurfürstendamm o Avenida de los Príncipes Electores, más conocida como la Ku´damm, se convirtió en el corazón de la vida social y económica de la ciudad.
Pero todo eso se acabó. Todos esos alternativos y okupas han tenido que mudarse a barrios periféricos, porque una vez caído el muro, el centro de la ciudad que habitaban se está convirtiendo en el lujoso Berlín, rehaciéndose en más del 50%. Apenas encontraremos monumentos anteriores a la guerra en esta zona, en su lugar se levantaron hoteles, cafés, teatros, cines, restaurantes, galerías, bancos y, sobre todo, comercios.
Pero si algo no le falta a esta parte de Berlín son espacios verdes, y no se trata sólo de parques y jardines dentro de la ciudad. Berlín está construida entre bosques, ríos y lagos que ocupan casi dos tercios de su superficie. Tanta naturaleza jugó un papel muy importante en la vida de los berlineses mientras el muro estuvo en pie, pues les ofrecía la ilusión de poder salir de la ciudad en su tiempo libre. Sin estos bosques probablemente muchos no hubieran resistido el aislamiento durante aquellos 28 años en los que Berlín no fue una, sino dos. Por eso todo está por duplicado y una de las tareas de su reunificación es la de reordenar dos ayuntamientos, dos óperas, dos aeropuertos, dos galerías nacionales, dos estaciones centrales, dos museos egipcios, dos torres de televisión... La otra tarea, la de reunificar a los berlineses del este y el oeste, alcanzar la igualdad de oportunidades, acabar con las diferencias económicas y la desconfianza entre unos y otros, será sin duda la más difícil y el reto más importante de la reunificación, no solo de Berlín, sino de toda Alemania.

 

Historia de Berlín

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